Prosaica






digamos que mil  digamos que exagero  las maneras de nombrarte. De acontecerte llenando el cuerpo 
palabra
sobre 
palabra
placebo del amor tangible, con mi boca rabiosa y mi fiesta sin trigo tan propia hasta el hambre (de agua)

digamos que arde  digamos que no miento  si al tocarte te siento inmóvil tras mi cuerpo y un pulido reflejo de horizonte marítimo transformara esta arquitectura de fuego en pira benigna y aguacero

digamos de los pájaros  digamos del vuelo  cuando descanso en tus dedos y la blanda quietud del aire desciende del sueño al párpado del aquí a Vos mi prosa oceánica

Vocación de hallazgo


Siento la levedad de lo visible
su material ternura
(…)
ese galope ciego de la historia
que avanza cuerpo adentro

el tacto de las cosas que perdimos
la sobriedad  su textura
los ojos y detrás, el valor 
de alentar esa rabia dulce
que sube y se queda.
Erguidos y quietos. 
Ciegos por descuido.
Conjeturando ceremonias
de caricias que aupar en el regazo.
Separando el imperio de lo ardido 
nos traiciona la palabra,
ejerce su nostalgia 
no cede su entusiasmo.


Tú y yo, celebramos tanto
tanta gloria minúscula
tanto ardor volátil
lo extraordinariamente frágil
todas las formas del amor.

Quebramos a partes iguales
el llanto y el sosiego,
sosteniendo razones
por la más débil de las junturas 
sólo
por el placer de estremecerse
prolongar el verso
por calmar el verbo.

Tú y yo, nos iremos pulcros
medidos  ordenados —Matria 
de loca redondez
extendida,
como un arco o una víspera
una liviandad de pájaros
huidos de una aguada de tinta—

De la Fragilidad



Ni asomo de mesura.
Sólo el espacio abierto de la palabra cumplida 
—crepitando— en la frágil inmortalidad 
que aquí reposa.

Me vive ese hombre que es mío. Soy.
Celebro su destino con tierno cansancio,
el que llanó mis huesos con aire de maresía 
y piedras ceñidas a las olas.


Me vibra el hambre, la carencia, su voz
de niño aventurada, esa red de alientos
—atemperando— el territorio de los cuerpos
y su distancia.


Le habito esta piel, territorio de todas las debilidades,
plena de latencias y filos insulares. Geografía
de lo que no pudo asirse.





"Se me supone iluminada
de frialdad y astucia;
... acabada por un aprendiz
que hizo lo que pudo"
(Leonor G. Hernando)

De lo inevitable

"Se yergue luego
intacta
con dignidad de hiedra.
Y asomada a sus muros
de lumbre y soledades
espera"
(Ana Emilia Lahitte)




Tus palabras no cayeron al vacío, cayeron dentro, vaciando...
Lento, edificaron al hombre desarmado. Encerraron mi cuerpo en un recuento de inocencias, colgaron el hambre en el quicio de la boca y festejaron una llameante dicha.
Si la flama tiene algo de dichosa, o de hospitalaria cuando derrite hasta la médula de ojos afines.

Hay una salvaje bondad en nuestro silencio, una doméstica naturaleza protectora, un 'Te quiero no hay nada más cierto' sin que la sangre tenga que bullir en las paredes, sin intercambiar vanidades con el rostro hueco.

Algo intangible nos une siempre, el cuerpo se extiende al abrazo y la nostalgia queda intacta -el suave manto cálido de tu lucidez-. Mi manto, ese gran desorden, esa quemadura centelleante para tu mano encendida.

Algo inasible nos une siempre; una belleza próxima, el calor acercado a los labios, una luz de conquista, una fuerza mineral ante la repentina debilidad que se apodera del cuerpo cuando el ánimo es caer de bruces en tu memoria.

Agua Regia

"Cada palabra a imagen de otra luz,
a semejanza de otro abismo"
- En el final era el verbo, Olga Orozco

Al silencio que cruzó la orfandad
como un clamor de imprevistas alquimias
dividiéndome, en el centro de la carne
en el flanco de la urgencia
donde me traicionan los propósitos, los de ayer,
cuando la vida en olas sanguíneas
se hizo destino de urdimbre
y pequeños dioses a la deriva.

Recuerdo sí, cuando la vida se mordía los labios
por la misma falla de catástrofe
y se detenía al borde del alivio, como toda cortesía
hasta que las cosas se tornaban de ese aire inocente
de esplendor y amparo.
Qué protectora es la fe de los crédulos.

Por un momento quise convencerte
de no sé qué cosa, qué augurio desmedido
qué razones de piel que ya no recuerdo
hasta pude jurarte, por un momento
jurarte, uno o dos de mis huesos combatientes.

Tendrás que perdonarme alguna vez
aquellas liturgias, herencia
de mi dudoso linaje, mi casta vulnerable
o tal vez, de ese calor aturdidor que me vino en el cuerpo
y me hizo el andar torpe, como intenso,
de ardida y quincallera




De lo incandescente

Mi cuerpo es el testimonio
de una falta que
tu presencia no colma
Pero, ¿Qué amor no es
por definición insaciable?

--Inés Marful

¿Qué amor no nos rescata
de este estado urgente?
Qué amor no es generosamente
condescendiente
con nuestros huecos de orfandad
para convertirnos en feroces
pagadores de tributos, mientras
trenzamos los muslos de apetitos
y aplastamos labio contra labio,
sopesando el cuerpo para
prolongar los corredores de la noche,
como si ese rito de paso
transformara naufragios sumergidos
en vastos ademanes de ternura:

pequeño acto heroico,
que lave los sentidos,
que tropiezan con las piedras,
que bajan nuestro cuerpo
al ras de las cosas,
para cocer a fuego
tan precaria pulpa.

Si no fueras tú, ese
tumulto de las cosas que callan,
que inflaman los pechos
de antiguas batallas
y hace a tus ojos
la morada del cuerpo
vacilante…

Si no fueras tú, fundido
a mi costado colérico
hiriéndome de pureza,

mi límite radiante
mi peso soberano

no podría hablar del amor
con esta incandescencia.




A la altura de los hechos


Pon tu frente sobre mi frente y tu mano
en mi mano.
Y hazme los juramentos que romperás
mañana.
Y lloremos hasta que amanezca,
mi pequeña fogosa.

Paul Verlaine.

A veces me creo y no.

Otras tantas me perdono no llorar la realidad de lo obvio. Hace mucho que dejé de llorar la potestad inútil de la palabra y su pecado virginal.

¿Qué nos empuja a la clausura? ¿Qué nos imprime esa aura incandescente de viejos albores? Algo yace inmóvil. Algo que nos sujeta el ánimo hasta la parálisis mientras arañamos la lluvia que apenas nos satisface, mientras la necesidad juega a fulgir un verdor de trepadora en la memoria.
Una memoria construida en la anticipación de una noche caníbal donde el sexo se sujetaba al amor en un abrazo endémico.
La noche, un mínimo gesto que no me causa más desorden que volarme bajo el pecho.

Alguna vez podría abandonar todo gesto hostil, todo símbolo que me preceda protegiéndome de malherirme. Podría y no.
Podría ensayar gestos sustitutos que se inicien, que prosperen, que se filtren por complacencia. Podría y no. Un no silabeado en miles de oscuridades izadas cuando mis huesos me hablan de miles de visiones antecesoras.
Quisiera suponer una gran rebelión de mi parte, un negarme nacido desde el pozo del alma y con el cuerpo asintiendo, tocarte.
Tocarte de cerca, apenas cerca como una emboscada que intuyes y no eludes. Una artimaña de trama compleja, de peligrosa confianza.

Lo cierto es que no me caben los ojos en tanta ternura y en el nombre de tu nombre me hiere el costado una sangría de renuncias prodigiosas que no mareamos de goces absurdos.




Cae un Dios que nos mira a los ojos del porvenir, marca de vapor casi fragmentada, la fruición de dos oscuridades escandalosas, agnosia y efeméride del día aquel en que se empezó a arder de cara, de pie...

Vulcano

“hagamos arder
el amor petrificado
hagámoslo correr
implacable, prometeico
como semen de lava percutando
bajo el brocal abierto del diamante”
Gaudeamus (fragmento), Rafael Indi



Amar no es una semilla palidicente
en el légamo de las angustias,
no es un sueño malvivido
de un orgasmo bien logrado
ni un gesto adusto de aristocracia inmóvil.

Amar es la dialéctica de los imprevistos.
Nuestros muertos, adheridos
nuestro juego improbable,
una estadística de actos disuasorios
un ocaso, un corte, una herida sin espanto.
Un diamante verdadero, que dobla la luz
que lo atraviesa, brama el aire,
jubilea la sangre impostada.

No hay amor en magmas de sudor frío,
en fogajes de falso neón
ni en el vano peregrinar
de un sortilegio de runas.

Katia Chausheva

Amar es la medida de los silencios finitos
sin perímetro de fatiga, sin cadena de infortunios:
nuestra promesa de hombres
y tú hombre, tan hombre mío.

Antepalabra


Para hablar hay que superar la tiranía de la velocidad.
Distanciarse del vértigo;  superar el miedo;  dar inicio a la resistencia.
Esa, "una interminable derrota".
--Camus





No consigo el reposo. La prosa si acaso reflexiva, me sostiene y estructura en este espacio breve de contención fingida. Adoquinado esculpido, roca ígnea que se dispersa con la misma inmediatez en la que no creemos vivir. Si asoma un vestigio de lucidez (herida), un reclamo, un estadio de urgencia se volatiliza sin excusas semánticas; subyacente, la intención de inmortalidad que guarezca la palabra; la fe codiciosa que nos ampare para eternizar lo efímero.
 Se aglutina la piel, piel piedra, piel pompeyana ¿Recuerdas? Y cortamos con un filo de frontera, cada cuerpo, cada sombra, cada batalla que libramos, cada tragedia y sus testigos para lindes de nuevos campos y sementales que renueven el sustrato sin pretextos.

 Lo sé. Sé que existe un resquicio milenario para el vaho avinagrado de la sangre. Una hendidura primigenia, una grieta de inocencia y lanza. Tal vez, amor, deberíamos habituarnos a la excusa, someternos a la ética de la conformidad y ser testigos de la ausencia, la estupidez, la desidia, y la patética meritocracia de los obtusos.

 Me hablas de puentes tendidos al sueño, de fragmentos de amor (y obediencia) y yo te ignoro. Absorta en la epifanía que dicta la ansiedad de mi espíritu, pienso que un antes, perfecto, del final irremediable sería un “tú, yo, una casa de tres muros y el hábito de convalecer durmiendo mi boca ortigada”



In albis

“…Dime que no solo un réquiem
puede ya expurgar
venéreas traiciones,
porque entre nosotros
jamás se alzará la indiferencia.
Basta de comulgar con un cinismo
de declarada patente,
sin duda somos viejos desconocidos…”
--Gaudeamus, Rafael Indi
Siempre fuimos ordenados, eso sí. Si por algo hemos destacado es por nuestro pulcro registro de despojos, cartografía de calamidades, de carne hendida, en-carne viva o muerta. Muertos, muertos de heráldica, porque si algo nos sobra, es nobleza en ese sacramento penitencial de quebrarnos el espíritu.

Y aún no sabemos estar solos, a pesar de aquellos pródigos domicilios de memoria donde ciframos el mundo de los vivos, a costa del vértigo de ser espectro y confesarlo.
Yo confieso. Te confieso que en aquel espacio estanco de demorada entrega, blandí el acero, crujió de astillas y nos mermó el cuerpo.
Il tempo fermo. Meridiana claridad la nuestra, reverberando la luz de la carne en torrenteras de cenizas, cauces, lechos, ríos de conciencia, nada.

Esta vergüenza mía, es este parir a la intemperie con obcecada hidalguía.

Mujer Soluble


"...Qué larga diástole
que lento suspiro.

Dentro del compás
punta/ tacón "braceo en alto"
el cuerpo se arquea
para perderse en el trasvase
de la tierra al aire...


Mariana Bernárdez (México, 1964)




Tu mirada detiene mis pies..."

brota limpiamente, hasta persuadirnos
de esta vendimia de honduras blancas.

Víspera de besos al alcance de la sed,
años completos de crujiente
desmesura, mudaban
el paisaje amontillado de tus labios
a un vasto dominio, anunciador
de aljófares y sarmientos.

Destilabas brillos y humores
que celebraba con el cuerpo
dislocado, retractando
cada lobreguez
y resurrección
que no llegaba a imitarnos.

Desnudo rehén, conjurado.
Catástrofe de escalofríos.
Mirarte como a un cielo
de vides o de rompientes;

no hay justicia poética
para morirte
con la parsimonia
que fermentas mis huesos.




Anathema


"...Todas las grandes pasiones son desesperadas: no tienen ninguna esperanza, porque en ese caso no serían pasiones, sino acuerdos, negocios razonables, comercio de insignificancias."
--Sándor Márai








Se hincha un beso
de la boca al pecho,
de la mujer al hueso,
un fondo de voluntad arcana
que será, antes o después,
anatema del día
y torsos desnudos
de anatomía conversa.

Antes o después,
la saciedad trashumante del recuerdo
se romperá en desgana o fábulas de espuma,
paroxismo de un naufragio
que se encarta en mi médula invisible.

Permíteme que le reste importancia
a lo voraz de mi locura.
Perdóname si cada rugido de la carne
se obstina en parir una metáfora de invierno
como alegoría de inocencia.

Hay tantas maravillas huérfanas de madre,
de boca hambrienta y fe redimida.
Tú, eres mi boca y fe,
inventario de mis bienes,
mi ciudad sitiada.

Secrecy




Hacer el amor,
pero hacerlo de pie y sólo conmigo
carne fresa, pasto destino
sin consignar a aquel arbitrio mi boca


--Marlén Curiel-Ferman, Hacer el amor


Hacerlo como un golpe
de dedos mojados como algas vivas,
calostro y leche tierna
en el mismo gesto de febril premura.


Hacerlo con los párpados
heridos de estupor
y el cuerpo desplomado
en un mural de adeudos.


Volver al cuerpo con hambre desgarrada.


Hacerlo silencio
senos de agua, manos dormidas, piernas mansas
vientres apagados como un volcán extinto
que alzó la muerte a flor de labio.






En el principio, la palabra




Hay, en la espera
un rumor a lila rompiéndose
Y hay, cuando viene el día
una partición de sol en pequeños
soles negros.
Y cuando es de noche, siempre
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio.

-Alejandra Pizarnik, de Anillos de ceniza

Hay, en los ojos
una envoltura de musgo,
refugio del llanto seco,
una apariencia engalanada
de aguardiente de caña.
Un concierto, de húmeda luz
y objetos perdidos.

Y hay, en el aire
una brecha a golpe de machete,
una mentira falaz,
un silencio imperativo,
un canto.
Un manto de voces
extendido, desde el grito a la llaga.

Y hay, un abrigo denso
envolviéndome entre lanzas
de azufre y leche agria.
Un intercambio de almas
que me erigen noble
y cenicienta
de este cisma.
Un territorio vivo, que habito
desde el principio
y que no ceja en su porfía
de cuartearme el cansancio
en el techo de la boca.

EN el principio, la palabra
como un muro de estigma
y estambres.







Epítome


Nunca hubo un recipiente
donde mi sed se sintiera
más libre y más saciada
-Gloria Nistal-





Son tiempos de urgencia,
de insolencia anegada.
Agua de memoria
mis muslos,
y un cuenco fértil
tus manos presentidas.

Que nos sorprendan.

Que nos sorprendan conspirando
a quién le caerán las caricias,
la gloria de un verso,
la lentitud convidada.

Que nos sorprendan apóstatas
exhaustos, conmovidos
abrevando el cuerpo
de tanto amoratar los labios.

Mi cuerpo - esta envoltura-
multiplicado y rendido
en un silabario impío
de pan ácimo y pubis blando.


Palimpsesto


“…quiero hablarte de cuando estoy callado
y me caigo en tu ausencia como un filo,
de cuando rompo a correr
en el escaso espacio que no llenas…”
C.R




Era una alianza simple,
de nombre impropio
y lucidez precaria.
Inestable, lo sé.
Sin filo ni tacto:
lo que prodiga la conciencia
en su tránsito cerril.
Nadie le advirtió…
De la certidumbre metálica
de la filantropía,
de las longitudes abiertas
como páramos, escrutando
verdades incontestables.
De los gritos puros
que se clavan en la lengua
como una jauría de perros.
Nadie le advirtió
a su cándida fe de amante,
que la palabra famélica,
no se celebra;
que la culpa escrupulosa,
no arde en piras incendiarias.
Que la tristeza ungida
desagua cielos que se deleitan
en moribunda desvergüenza.
El paraíso es incombustible,
y un emporio de razonable espanto
ante tanto vaticinio sentimental.

Quiero hablarte de cuando estoy callada
y del eco dócil de mi cuerpo
que duerme en su cielo de estambres…